CRISIS Y DESCOMPOSICIÓN DEL SISTEMA CORTESANO. (SIGLOS XVIII-XIX)

CRISIS Y DESCOMPOSICIÓN DEL SISTEMA CORTESANO
Ficha técnica
Editorial:
POLIFEMO
Año de edición:
Materia
Historia
ISBN:
978-84-16335-67-1
Páginas:
548
Encuadernación:
Rústica
Disponibilidad:
Disponible en 1 semana

35,00 €
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El “sistema cortesano” (Edad Moderna) tuvo unas estructuras y una justificación distintas de las Monarquías constitucionales (Edad Contemporánea). Su justificación ideológica se basaba en la filosofía clásica (Aristóteles), que consideraba al hombre “como un animal social” y a la familia como célula o elemento fundamental de la organización social. De acuerdo con estos principios, el príncipe gobernaba sus reinos como un 'pater familias', cuyos saberes y prácticas se encerraban en lo que se denominó la 'oeconomica'. Esto significaba dos cosas: primera, que la “casa real” era el núcleo desde donde se articulaban las relaciones de poder que configuraban el reino; segunda, que estas relaciones de poder se fundamentaban en vínculos no institucionales, esto es, en relaciones personales (parentesco, patronazgo, clientelismo, familiares o de costumbre), para lo que el monarca utilizaba la concesión de mercedes y favores con el fin de mantener fieles y cohesionados en su entorno a los nobles poderosos. Esta organización política con su forma de proceder, su estratificación social y su cultura específica es lo que denominamos “sistema de corte”. Ciertamente, a lo largo de la Edad Moderna, los letrados, mediante sus creaciones legales y sus comentarios de textos clásicos, auxiliaron al monarca en su afán de centralizar y racionalizar esta estructura política, si bien, con harta frecuencia, los monarcas intervenían (a través de la concesión de gracias y mercedes) rompiendo la uniformidad e imparcialidad que pretendían, pues, la organización doméstica (de donde partía todo) era en esencia opuesta a la del Estado (liberal).
La Monarquía española durante la Edad Moderna no fue una entidad política centralizada con leyes e instituciones comunes en todos los territorios que la compusieron. Todo lo contrario, fue una yuxtaposición de reinos, en los que cada uno conservó su propia organización política y administrativa conforme se fueron uniendo (desde el siglo XV), ya fuera por herencia o por conquista, que estaban bajo la jurisdicción de un mismo monarca. Esto significó que no solo existieron instituciones y legislación diferentes, sino también que cada reino mantuvo su propia casa real y su corte aunque el rey no residiera permanentemente en ellos (esta deficiencia venían a llenarla los virreyes). La diversidad de casas reales llevó a numerosos enfrentamientos entre los servidores de las distintas casas, al mismo tiempo que suponía un gasto desmesurado para las rentas de la corona.
Durante los siglos XVIII y XIX se fueron precipitando una serie de cambios en la corte y en la casa real que tuvieron un alcance más profundo que la mera preocupación por ajustar el presupuesto. Cuando se analizan detenidamente estas trasmutaciones se percibe que respondían a una evolución de la organización política de la Monarquía (como sistema cortesano) hasta transformarse en el Estado liberal.
La casa real, núcleo desde donde se había iniciado la corte en la Baja Edad Media, comenzó a experimentar una serie de transformaciones que eran síntoma de la descomposición de la organización política y cultural tradicional, que presagiaban un nuevo tipo de Estado.