El granadino Albaicín, barrio entrañable, mágico y misterioso, herencia de unas gentes que hablaban otra lengua y adoraban a otro dios, era en los años cincuenta un hormiguero humano que bullía a todas horas. No había calles solitarias, ni casas vacías, ni patios abandonados, ni portales cerrados a cal y canto como ocurre hoy en día. Una alegre algarabía proclamaba por el cielo intensamente azul y alto que el antiguo arrabal musulmán estaba vivo.Esta es la crónica sentimental de aquellos años y de un tiempo que ya no volverá.
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