Un viejo marinero con la cicatriz de un sablazo en la cara se instala en una posada en la costa inglesa, no muy lejos de Bristol. Lleva un cofre que no abre nunca, se emborracha con ron y aterroriza a la clientela con sus historias y canciones. Además, le paga a Jim, el hijo de los posaderos, para que esté ojo avizor y le avise si se presenta «un marinero con una sola pierna». Lo cierto es que en el cofre secreto se esconde el mapa de una isla con un magnífico tesoro enterrado por un antiguo pirata, y Jim se encuentra, de la noche a la mañana, enrolado como grumete en una expedición (dirigida por un rico terrateniente) para ir a buscarlo. A partir de ese momento, tiene que adquirir «la costumbre de vivir aventuras trágicas» y familiarizarse con más cicatrices y mutilaciones, la muerte, la codicia y la traición. Pero todo tiene su doble cara: el miedo superado por la curiosidad puede dar pie a actos de coraje gratuitos, el aplomo puede convertirse en frialdad, la temeridad puede conducir a la jactancia. Jim, solo un muchacho, salva constantemente la vida a los adultos, pero no siempre alcanza a distinguir la diferencia entre ser valiente y estar envalentonado, entre la ensoñación y la pesadilla. La isla del tesoro (1883) es una de las novelas más conocidas ?prácticamente inmortales? de Robert Louis Stevenson, y en ella despliega toda su maestría narrativa para contar una peripecia extraordinaria, plagada de violencia y peligro, y llena de personajes ambivalentes, como el célebre pirata John Silver el Largo, amable y ruin, elocuente y astuto, uno de los grandes manipuladores de la historia de la literatura.Nació en Edimburgo en 1850, hijo de un próspero ingeniero de una familia de constructores de faros. Aunque de él se esperaba que siguiera la profesión, se le permitió estudiar Derecho; pero, al terminar la carrera en 1875, tenía ya muy clara su vocación de escritor. Aquejado ya entonces de una enfermedad respiratoria de la que nunca se desprendería, viajó por Francia y conoció el mundo artístico. Sus primeros libros fueron precisamente crónicas de viaje: An Inland Voyage (1878) y Viajes con una burra (1879). Enamorado de la norteamericana Fanny Osbourne, cruzó el Atlántico y todo el continente hasta California para casarse con ella, según dejaría constancia en El emigrante por gusto (1894; ALBA CLÁSICA núm. XXXVI) y su continuación, Across the Plains (1894). Sin embargo, fue el universo de sus ficciones el que cautivó a su siglo y, desde entonces, a la posteridad: entre sus inolvidables creaciones cabe mencionar los relatos recogidos en Las nuevas mil y una noches (1882; ALBA CLÁSICA MAIOR núm. IX) las novelas La isla del tesoro (1883), La flecha negra (1883) o Secuestrado (1886) y la novela corta El doctor Jekyll y el señor Hyde (1886; ALBA CLÁSICA). Constante viajero, a la vez por espíritu de aventura y por motivos de salud, se instalaría en 1889 en Upolu, una isla de los Mares del Sur. De esa época son El traficante de naufragios (1892), Bajamar (1894) y los ensayos de En los Mares del Sur (1894). Murió en 1894 y fue enterrado en la cima del monte Vaea.
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