Cuando en el verano de 1945 Klara regresa a París, todavía lleva grabado en la piel el tatuaje de Auschwitz. Angélika la ha acogido en su casa y ella le va revelando, día tras día, todo el horror que ha vivido. En la historia de Klara no hay lamentaciones, sólo frialdad, fuerza y violencia, estupor, rabia e incapacidad para aceptar los códigos de la vida cotidiana,áa la que debe reincorporarse después de dos años de internamiento en un campo de concentración. Klara, que se ha impuesto no volver a pronunciar una palabra en alemán, se niega a ver a su hija de tres años, convencida de que la única salida que le queda es marcharse a otro país, lejos de Europa.
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