En una finca de la nobleza española se prepara una cacería de tres días. Lo que en apariencia es un simple ritual cinegético ?escopetas, ojeadores, criados, conversaciones de salón? funciona en realidad como una ceremonia de pertenencia y un mecanismo de poder. Quién dispara y quién bate, quién decide y quién obedece, quién posee la tierra y quién la pisa con los pies descalzos. Alrededor de esa liturgia se mueven marquesas debatiéndose entre el amante y el confesor, aristócratas que administran haciendas y conciencias con idéntica naturalidad, herederos que aceptan tareas inconfesables como aprendizaje familiar.En el plano bajo respira un mundo de chabolas, tabernas y arrabales. Niños que espían a los adultos, mujeres que sobreviven como pueden, viejos que han visto cerrar las escuelas de las migas. Y entre ambos mundos, la zona gris donde el poder se vuelve operativo, la red de guardas y capataces orgullosos de ser útiles. Cuando un chiquillo muere por hambre durante la montería, por robar una pieza, la maquinaria entera se pone en marcha para taparlo. Pero algo se quiebra en Ginés, el chófer, criado ?casi como de la familia?, y en el último puesto decide quién es el perro de quién.Luisa Isabel -lvarez de Toledo, XXI Duquesa de Medina Sidonia, escribe La cacería desde dentro de la clase que retrata, con un conocimiento íntimo de sus códigos y silencios.
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