Al visitar el despacho del Padre Superior de una estricta escuela religiosa, un joven alumno sostiene que los dos retratos que flanquean el crucifijo que preside el aula son los dos ladrones, tomando como confunsa referencia infantil una imagen bíblica. Las figuras a las que se refieren corresponden, sin embargo, a dos altos dignatarios del Estado. Este inocente comentario trasciende y es objeto de análisis por diversas autoridades eclesiásticas, sociales y militares del país. Sobre esta sencilla anécdota, Pérez-Ramos construye un minucioso fresco del devenir cotidiano bajo el yugo del miedo.
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