En escena aparecen dos figuras. No hace falta que se presenten: ya las reconocemos. Una es Modesto Higueras, nombre imprescindible del teatro español del siglo xx. La otra es Sebastián, un personaje cambiante, que a veces es testigo, a veces heredero, otras confidente, otras aprendiz. Desde el primer momento sentimos que estamos entrando en un territorio especial: el de la memoria.La obra se construye alrededor de 1941, en los primeros años de la posguerra. Un tiempo de ruina donde el teatro aparece como uno de los últimos refugios. La palabra, en ese contexto, es un acto de resistencia. Con una escritura sobria, Javier Huerta reconstruye con ternura y precisión aquellos años: La Barraca, Lorca, las tensiones políticas, los muertos que pesan. La emoción está ahí, pero nunca desbordada; la ideología, pero sin convertir a los personajes en caricaturas. Todo se dice con una contención que conmueve. Una voz que no grita, pero que cala.
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